Una mujer salió de la ducha -completamente desnuda, como es lógico- y, cuando iba a coger la toalla, vio, horrorizada, que había un hombre en un andamio limpiando la ventada y mirándola complacido.
Le produjo tal sorpresa la inesperada aparición que se quedó totalmente paralizada, mirando asombrada a aquel sujeto.
"¿Qué pasa, señora?, preguntó alegremente el individuo, "¿no ha visto nuna a un limpiaventanas?"

Bankei, el Maestro Zen, es conocido por no haber creado escuela: ni dejó una sola obra escrita ni tuvo discípulos. Fue como un pájaro, que no deja huella de su vuelo a través del cielo.
Se decía de él que, cuando entraba en el bosque, no movía ni una brizna de hierba; y cuando entraba en el agua, no provocaba una sola onda.
Bankel no mortificó a la tierra. Ninguna hazaña o proeza, ningún logro y ninguna espiritualidad es comparable a esto: no mortificar a la tierra.
Un hombre se presentó ante Buda con una ofrenda de flores en las manos. Buda lo miró y dijo: "¡Suéltalo!"
El hombre no podía creer que se le ordenara dejar caer las flores al suelo. Pero entonces se le ocurrió que probablemente se le estaba insinuando que soltara las flores que llevaba en su mano inzquierda, porque ofrecer algo con la mano izquierda se consideraba de mala suerte y como una descortesía. De modo que soltó las flores que sostenía en su mano izquierda.
Pero Buda volvió a decir: "¡Suéltalo!"
Esta vez dejó caer todas las flores y se quedó con las manos vacías delante de Buda, que, sonriendo, repitió: "¡Suéltalo!"
Totalmente confuso, el hombre preguntó: "¿Qué se supone que debo soltar?"
"No las flores, hijo, sino al que las traía", respondió Buda.
Una pulga decidió trasladarse con su familia a la oreja de un elefante. De modo que le dijo a éste: "Señor Elefante, mi familia y yo pensamos mudarnos a vivir a su oreja, y he pensado que debía decírselo a usted y darle una semana para que lo piense y me haga saber si tiene alguna objeción que poner".
El elefante, que ni siquiera era consciente de la existencia de la pulga, no se dio por enterado; y la pulga, después de observar escrupulosamente el plazo establecido de una semana, dio por supuesto el consentimiento del elefante y se trasladó.
Un mes más tarde, la señora pulga decidió que la oreja del elefante no era un lugar saludable para vivir e hizo ver a su marido la conveniencia de una nueva mudanza. El señor pulga le pidió a su mujer que aguantara al menos otro mes para no herir los sentimientos del elefante.
Finalmente, se lo dijo con toda la diplomacia de que fue capaz: "Señor Elefante, hemos pensado cambiar de vivienda. Naturalmente, no tenemos ninguna queja de usted, porque su oreja es espaciosa y confortable. Lo único que ocurre es que mi esposa preferiría estar al lado de sus amigas, que viven en la pata del búfalo. Si tiene usted alguna objeción que hacer a nuestro traslado, hágamelo saber a lo largo de esta semana".
El elefante no dijo ni palabra, y la pulga cambió de residencia con la conciencia tranquila.
Si el universo no es consciente de tu existencia, ¡tranquilo!

Un gallo estaba escarbando el suelo en el establo de un enorme caballo percherón.
Cuando el caballo empezó a impacientarse y a moverse nervioso, el gallo miró hacia arriba y le dijo: "Haríamos bien los dos en tener cuidado, hermano, no vaya a ser que uno de los dos le pegue un pisotón al otro".
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¿Qué le dijo la hormiga al elefante cuando Noé ponía en fila a todos los animales para meterlos en el arca?
"¡Deja de empujar!"

Abrió la puerta y se encontró con un hombre de bastante edad que llevaba un trozo de tarta en sus manos. "Mi mujer cumple hoy ochenta y seis años", dijo, "y quiere que pruebes un trozo de su tarta de cumpleaños". Recibió el obsequio y le mostró su agradecimiento, sobre todo porque el hombre había caminado casi un kilómetro para entregarlo.
Una hora más tarde, se presentó de nuevo. "¿Qué ocurre ahora?", le preguntó.
"Bueno", respondió con timidez, "me envía Agatha a decirte que sólo cumple ochenta y cinco".
Una mujer estaba profundamente ofendida por la conducta de su hijo de quince años, el cual, siempre que salían juntos, caminaba unos pasos por delante de ella. ¿Qué era lo que le avergonzaba de ella? Un día se lo preguntó.
"¡Oh, mammi, nada de eso!", respondió él bastante turbado. "Lo que ocurre es que pareces tan joven que me fastidiaría que mis amigos pudieran pensar que tengo una nueva novia".
La ofensa se desvaneció como por ensalmo.

Frecuentando un campo de golf japonés, un turista americano descubrió que, por lo general, los mejores "caddies" eran mujeres.
Un día llegó bastante tarde y tuvo que tomar como "caddie" a un jovencísimo muchacho de diez años que apenas conocía el campo, tenía muy poca idea de golf y no sabía más que tres palabras en inglés.
Pero aquellas tres palabras hicieron que el turista no quisiera ya otro "caddie" durante el resto de sus vacaciones. Después de cada golpe, independientemente de su resultado, el pequeño rapaz golpeaba el suelo con el pie y gritaba entusiasmado: "¡Qué fantástico golpe!"
